BRASIL ARRASADO

Bolsonaro: miles de muertos y una borrachera científico-alucinógena

Un Chernóbil o Fukushima biológico.

Marcos Olivera

Es cómo un "Chernóbil o Fukushima biológico", dice Miguel Nicolelis, neurocientífico y profesor de la Universidad de Duke, desde San Pablo. "Brasil se encamina hacia una pérdida inimaginable de vidas", suman los expertos en salud, en un informe publicado en la prestigiosa revista Science. Médicos sin Fronteras advierten que Brasil vive una "catástrofe humanitaria", por su "fallida" respuesta al coronavirus, y culpa, sin vueltas, a Jair Bolsonaro. 

Y el presidente del gigante sudamericano contesta. Brasil "es un barril de pólvora debido a restricciones", argumentó en las últimas horas, para seguir con su plan de mantener todo abierto, pese a que las cifras de muertes y casos nuevos de Coronavirus no dan respiro. De hecho, es tan crítica la situación, que las muertes ya superan a los nacimientos en Río de Janeiro, Porto Alegre y otras diez ciudades de Brasil. Se pronostica que el número de fallecimientos seguirá aumentando en la próxima semana, a un promedio de casi 3.500 por día, antes de disminuir, según el Instituto de Métricas y Evaluación de la Salud de la Universidad de Washington.

El COVID es mucho más letal en Brasil y América Latina que en el resto del Planeta, de eso no quedan dudas. El tema es que los científicos no saben el motivo de éste fenómeno. La comparación más importante es la de Brasil e India (segundo y tercer puesto en el ranking mundial de casos): ambos países desarrollaron su propia cepa, y los profesionales creen que se debe a que el 87% de los brasileños viven en áreas urbanas, a diferencia de los dos tercios de indios, que viven en zonas rurales. 

Otro triste dato que enciende alarmas en el continente es que, entre febrero de 2020 y el 15 de marzo de 2021, el virus mató, al menos, a 852 niños de Brasil, incluidos 518 bebés menores de un año, según cifras del Ministerio de Salud de ese país.

Entre todo este mar de datos, dudas, y la vuelta de Lula, naufraga el presidente Bolsonaro. A finales de marzo renunciaron  los tres comandantes de las Fuerzas Armadas brasileñas (Aviación, Ejército y Marina), lo que generó algunos rumores. El hecho ocurrió un día después de la sustitución del ministro de Defensa, Fernando Azevedo, por el general Walter Braga Netto, quien viene de ocupar el Ministerio de la Presidencia, y es la cabeza visible del ala militar, a lo interno del gobierno de Bolsonaro. Muchos vieron estas renuncias como un acto de protesta. 

Es evidente que en la medida que la pandemia se dispara, el ambiente político se recalienta, de hecho, el propio 'establishment' brasileño da señales de querer un cambio en la situación, y ha comenzado a mover fichas. ¿Qué hizo que el poder judicial cambiara de repente el trato hacia el expresidente, que pasó de estar inhabilitado a poder aspirar de nuevo a la Presidencia?

Todo parece indicar que el Supremo de Brasil quiere que Lula, líder político que fue encarcelado por coimas, sea el gran rival de Bolsonaro en las próximas elecciones del 2022. Sería ingenuo desconocer el poder electoral y el apoyo institucional que ha tenido Bolsonaro. Pero es obvio que viene perdiendo alianzas y terreno en diversos planos. Sus hijos están salpicados por escándalos de corrupción, uno de los cuales tiene abierta investigación en el Tribunal Supremo. El juez Sergio Moro, que pretendió erigirse como el paladín de la anticorrupción encarcelando a Lula, hoy está fuera del gobierno, y enemistado con el presidente, mientras termina de develarse la politización que hicieron del juicio de Lula, que le impidió disputar las presidenciales en 2018. 

Ya la figura de Bolsonaro está desligada a la del 'hombre honesto' que vino a 'confrontar la corrupción' a sangre y fuego. Y se debe, en gran parte, por su falta de accionar en la salud pública y en la economía, que beneficien a la población de Brasil, en especial a la más necesitada. El mayor problema es que hasta los más poderosos se quejan de la 'tibieza' del Presidente. 

Por varias razones, Lula no es el mismo que ganó en 2003 las presidenciales, y gobernó el país hasta 2010. Primero porque ya ha sentido el efecto de la cárcel y la injuria, estando preso desde abril de 2018 a noviembre de 2019, pero sobre todo debido a la resaca del caso Lava Jato. Es posible que la imagen de Lula siga firme, pero después de este caso, se aceleró un proceso de despolitización y de desencanto en la izquierda brasileña, especialmente hacia el Partido de los Trabajadores (PT).

Una tercera ola va camino a Brasil, a tenor de las cifras, de convertirse en un tsunami.  Bolsonaro todavía se encuentra bajo los efectos de la resaca de la cloroquina, tras casi un año de infame embriaguez -a principios de febrero de este 2021, Bolsonaro se retractó en cuanto al uso de la cloroquina-. Una borrachera científico-alucinógena que ha condenado a muchos brasileños a la muerte. Y Brasil, debido seguramente a ello, se encuentra en uno de los peores momentos de su historia.

Con los hospitales atestados de gente, médicos que intuban a los pacientes en los pasillos de las guardias y con los sepultureros trabajando desde que sale el sol hasta largas horas de la madrugada, Brasil empieza a perfilar las elecciones que están a la vuelta de la esquina. Otra vez la polarización en Latinoamérica. Una izquierda que promete y no cumple, una derecha que no pregunta y se equivoca. Esta vez, con medio millón de muertos en el placard. 

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